L A N O B L E I G U A L D A D Por Osvaldo Bayer

by • 23 diciembre, 2013 • Bayer, Osvaldo, Biblioteca -autor, Temáticas -biblioteca-Comments (0)752

En cuestiones de ética, los argentinos, cero. Este Primero de Mayo recorrí un poco las calles de Buenos Aires. A la ética la encontré en un pequeño pero muy sentido acto que hacían curas de las villas con los desocupados, en Plaza de Mayo. Un poco más atrás unos vallados mostraban los límites, custodiados en primer plano por mujeres policías poniendo rostros adustos y con las piernas abiertas como el mejor varón. Más atrás, sí, uniformados de sexo masculino, en la tensa espera, y comisarios que caminaban con pasitos nerviosos y el handi en la oreja. Este espectáculo junto a la Rosada era el preferido de los camarógrafos extranjeros. Una estampa apetecida para retratar la democracia de Menem. Pero los curas de Jesucristo no miraban para ese lado. Miraban a los chico de las villas, que, ordenaditos, portaban carteles en los que pedían dignidad, trabajo para sus padres. Era una estampa evangélica. Esos curas vestidos de blanco, pidiendo justicia para los marginados, y allí, a pocos metros, esas mujeres uniformadas queriendo ser cada vez más hombres poniendo rostros intimidatorios y abriendo cada vez más las piernas para asentar mejor su autoridad. Y entonces, curas, niños, bolivianos, paraguayos, argentinos -todos hermanados por la pobreza y la desocupación- en el país de los ganados y las mieses entonaron ese himno libertario que dice:

 

Oíd, mortales, el grito sagrado, Libertad, Libertad, Libertad.

 

No el que cantan los obispos después del Te Deum, ni Menem junto a Camilión ni Cándido Díaz, Pelacchi y Klodczyk en cuarteles o formaciones. No. El que dice auténticamente:

 

Ved en trono a la noble igualdad.

 

Noble igualdad. Libertad y noble igualdad. La libertad digna de poder comer, tener un techo, agua, escuela, una vejez digna y no tener que ir a pedir a Duhalde o Rousselot que le ponga agua o le pavimente la calle, ya demás votarlos, porque si no no le construyen la sala de primeros auxilios.

 

Ved en trono a la noble igualdad.

 

Y aquello, de alguna manera es volver al vasallaje, el prostenarse ante el Amo hecho urna, porque si no no habrá de lo que había. Mientras los granaderos entraban en la Catedral en un paso casi ganso, los desocupados de las villas se besaban en la mejilla tal vez en la esperanza de que en la fraternidad pueda aparecer el pan nuestro de cada día. De ahí me fui caminando hasta la Plaza Lorea como pequeño homenaje a los obreros masacrados el 1º de Mayo de 1909 por la policía. El coronel Ramón L. Falcón, jefe de la policía de aquel tiempo, no pudo soportar ese cuadro de miles y miles de obreros con sus banderas rojas y sus cantos revolucionarios: italianos, polacos, rusos, andaluces, catalanes, asturianos, gallegos, alemanes. El coronel de la Nación frunció la nariz con asco y ordenó la batalla. Y la ganó. A tiro y sable limpio. Treinta y seis charcos de sangre obrera quedaron en la plaza. Ganó el coronel argentino. Como el general Camps ganó la batalla contra las embarazadas, como el general Suárez Mason ganó la batalla de las torturas como el general Galtieri ganó la guerra de las Malvinas. El coronel Falcón -que había sido cadete número uno de la primera camada del Colegio Militar (todo muy premonitorio para el ejemplo que dieron las camadas siguientes)- sigue siendo hoy el héroe de la Policía Federal. Más todavía, el colegio donde se educan sus futuros oficiales lleva el nombre de Ramón L. Falcón. Y una de las calles más importantes de esta capital lleva su nombre. No, nadie se acuerda ni siquiera del nombre de alguno de esos obreros que salían a pedir libertad e igualdad (las palabras del Himno Nacional) pero eso sí, para el coronel que desde su seguro puesto de observación ordenó la masacre obrera, todos los años hay homenajes en el Día de la Policía Federal, y todos los presidentes civiles se han apresurado a llevarle su respectiva corona de flores. Y la Policía Federal jamás se apartó de esa línea ya que su segundo jefe indiscutible es el comisario general Villar, a quien se le rinde un enfervorizado homenaje todos los años en el aniversario de su muerte. El creador de las Tres A, que hacía meter 103 balazos en la cabeza a todo intelectual o dirigente sindical sospechado de izquierdista, tiene su condigno recordatorio con los consabidos discursos con sollozos entrecortados de los respectivos jefes de policía. Falcón y Villar, dignos ejemplos para los oficiales, que a veces no son comprendidos completamente por los críticos de siempre, cuando se les escapa un tiro o trasgreden un poquito el código de la moral. El gesto de oler mal del coronel Falcón ante tanto obrero italiano, español o polaco acaba de ser heredado por el general Bussi, gobernador de Tucumán. Acaba de decir con acento preclaro al referirse a los bolivianos que recogen la frutilla: “Es que no concibo que el fruto de nuestra tierra sea arrancado por extranjeros” Los testigos afirman que el rostro de este general de la Nación, al pronunciar la palabra “extranjeros”, tomó la forma como si fuera a eructar. Pero lo que uno no entiende es cómo este militar explicaría su propio caso. Porque Bussi no es precisamente un apellido de rancio abolengo criollo ni de origen querandí, ni calchaquí, Bussi es un nombre típico de la provincia italiana de Calabria, que dio miles de inmigrantes que vinieron a ofrecer su trabajo a estas tierras. El general que destacó toda su valentía en el campo de concentración “La escuelita”, donde los prisioneros eran torturados hasta la muerte, denomina “extranjeros” a los bolivianos. Pero si volvemos a los orígenes, esas etnias que hoy pueblan Bolivia, antes se extendían hasta casi el centro de lo que hoy es Argentina, así que por origen de acuerdo al código Bussi, tendrían mucho más derecho que un calabrés de primera generación, La única diferencia es que este calzó un uniforme desde la adolescencia mientras que aquéllos fueron siempre legítimos trabajadores de la tierra y tienen derecho a seguir haciéndolo en lo que antes de 1492 era todo suyo. Falcón, Villar, Bussi. Tres ejemplos argentinos. Dos héroes y un gobernador elegido por el pueblo. Dignos ejemplos les dejamos a nuestras generaciones venideras. Igual que el se estos políticos que se tiran andanadas de excremento puro sobre la venta de armas. Unos -Menem y Camilión- les tiran decretos a los radicales para demostrar que fueron primero ellos. Otros -Alfonsín, Jaunarena, Caputo- se desgañitan para explicar que ellos lo hicieron legal y los otros son unos ilegales. Pero todos, en nombre de la Argentina vendieron la muerte a dictaduras morbosas o para que se mataran entre hermanos. La realidad es que todos comerciaron con la peor droga de la muerte (sea con firma o sin firma) y volvieron a unirse en moral. La primera vez fue cuando unos y otros dejaron libres a todos los Bussi mediante obediencia debida, punto final y el indulto. Por eso, la única cosa bella que vi este Primero de Mayo fue el beso solidario que se dieron las gentes de las villas y cuando los humildes curas que luchan por los desocupados, cantaron a todo pulmón el Ved en trono a la noble igualdad.

 

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