El anarquismo sin etiquetas de Diego Abad de Santillán Breve recopilación de frases y párrafos de su libro “Estrategia y Táctica”

by • 26 noviembre, 2013 • Abad de SantillanComments (0)781

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Sobre Revolución y transformación social

Lo que sigue siendo absoluto, más absoluto que nunca, es el Estado, y sin conquistar un derecho a la secesión, a una vida al margen de su intervención opresiva, de su fiscalización burocrática y de sus exacciones, hablar de liberación humana es una de las tantas maneras de soñar y de engañarnos.

No se destruye más que lo que se sustituye. Y no será superado el sistema capitalista si no se multiplican previamente las asociaciones libres que ensayen y experimenten otras formas económicas superiores.

Sin un cambio en la estructura económica y política de la sociedad, la democracia es un engaño y el sufragio universal pura demagogia.

La máquina de producción puede funcionar sin el apoyo y sin la dirección directa del capitalista, por el solo impulso e interés de los obreros, de los técnicos, de los empleados.

No hay porqué destruir lo que funciona relativamente para poner en su lugar el caos, el retroceso, la vuelta a un tanteo y a un ensayo que a fin de cuentas redundará en daño de la comunidad, y dará origen a la formación de una nueva oligarquía, de una nueva clase aristocrática, de un nuevo despotismo en manos de la burocracia que administrará la nueva situación.

Para nosotros, para nuestra norma moral, para nuestra concepción del mundo, la libertad es el bien supremo.

Para nosotros no es sacrificio el sacrificio del pan para asegurar un margen cada día mayor de libertad; para otros, para muchos todavía, no es ninguna claudicación y ninguna abdicación el abandono de la libertad para la consecución del pan seguro.

¿Es que podemos confiar en acercarnos a nuestros objetivos lanzando, por un acto de fuerza triunfante o por cualquier otra combinación electoral en el mundo llamado democrático, a los siervos voluntarios a un paraíso en el cual habrán de resolver autónomamente sobre su destino? ¿Es que no nos dice nada y no nos enseña nada el espectáculo del último medio siglo, cuando vemos cómo tantos esclavos de la máquina económica capitalista se han transformado en los mejores y más sólidos puntales de las nuevas tiranías?

Nosotros queremos, pues, la revolución, la propagamos, le ofrecemos todo lo que está en nuestra posibilidad, pero es una revolución que quiere dejar las puertas abiertas para la organización de la vida, del trabajo, del ocio según los propios impulsos, sin la coacción de monopolios económicos y de opresiones políticas. Nuestra revolución reivindica el derecho de secesión de la ley única, de la forma exclusiva, de la modalidad obligatoria, que se imponen de arriba a abajo, con leyes, úkases, gendarmes, jueces y verdugos. Es decir, no queremos llegar al paraíso arrastrados por la fuerza. O sea que, amantes de la libertad, no queremos otro camino para llegar a ella que el de la libertad.

La papeleta del sufragio no libera al analfabeto de su ignorancia, ni hace libre al que está formado y conformado para la esclavitud. Contra ese flagelo es contra el que hay que apuntar con todas las armas de la educación y de la conducta.

En nuestros tiempos, a falta de otros medios alucinatorios, se recurre a la coca o a la marihuana para disfrutar de paraísos artificiales, en vista de que los reales y tangibles están lejos y no son fácilmente alcanzables.

El movimiento obrero, que era esencialmente una reacción contra la expoliación ilimitada e inhumana y contra el monopolismo capitalista, tiene que buscar su afirmación y su razón de ser ahora, no tanto en el anticapitalismo, todos los anti son negativos e insuficientes, como en el derecho a la libre iniciativa y a nuevas formas posibles de trabajo, de vida y de distribución de los productos.
Mientras sea posible ejercer la libre iniciativa, y lo es en gran parte del mundo, aunque sea a costa de sacrificios y de esfuerzos de toda naturaleza, poco importa que subsistan vestigios más o menos importantes de las formas económicas capitalistas, que al fin y al cabo han mostrado su eficacia, aunque se hayan movido por el motor egoísta de la especulación privada, formas que no serán desarraigadas totalmente más que cuando hayan sido sustituidas. Ya es hora de saber que no se destruye más que lo que se sustituye.

La libertad y la dignidad del hombre no son valores a los que podamos renunciar. Por lo menos no podemos renunciar nosotros. Esas semillas de redención deben ser sembradas, aunque no haya esperanza de recoger los frutos, incluso sabiendo que no recogeremos nosotros los frutos.

No pidamos al Estado lo que podamos hacer nosotros mismos, solos o asociados; no sacrifiquemos la libertad por la seguridad; no les digamos a los que tienen listos los grilletes que nos ayuden a salir de algún atolladero o de alguna dificultad a cambio de tolerar el freno y las espuelas, los tributos, las humillaciones y la esclavitud.

La revolución capaz de cambiar el orden de cosas que nos rodea no es obra de mañana sino de hoy, de ahora mismo, de todos los días y de todos los minutos. El revolucionario que se reserva para mañana, para la gran revolución, no sirve a la revolución, sino al estatismo y a la esclavitud.

Sobre la “dictadura del proletariado”

Sobra ya experiencia para poder decir en alta voz que toda revolución que pretende imponer el paraíso terrestre que anuncia mediante decretos y dictaduras, aunque éstas quieran ser transitorias, no es una revolución libertadora, sino una verdadera contrarrevolución con todas sus consecuencias y alcances.

No menos antisocial es la concepción de una clase obrera dominante que la de una aristocracia absolutista; no es menos enemiga de la libertad y de la dignidad del hombre la realeza por la gracia de Dios que la dictadura proletaria por la gracia de Marx o Lenin. No es más defendible el monopolio del poder que el monopolio de la riqueza.

Otro de los grandes engaños de nuestra época fue el capitalismo de Estado total como expresión del socialismo. El abandono gratuito de la libertad y de la dignidad personal por la prometida seguridad mostró ampliamente que lleva también a la pérdida de la seguridad, y sobre todo lleva a un derroche infinito para el sostenimiento de una burocracia monstruosa y para la preparación de la guerra en un nivel muy superior al del clásico capitalismo privado. Ninguno de los paíes donde el capitalismo de Estado se nos ofrece como el paraíso del socialismo, puede compararse en su standart de vida con los países llamados capitalistas, de empresa privada; sin contar con que en éstos todavía se puede hablar de cierto grado de libertad, de respeto humano, hasta de democracia, mientras que en las zonas del capitalismo de Estado ni abunda el pan ni se conoce la libertad y no existe más justicia que la que concibe a su modo y administra la burocracia omnipotente. Tienen tan poco que ver en la cosa pública los trabajadores regimentados allí donde rige la llamada dictadura del proletariado, como los pequeños accionistas en las grandes empresas de los países supercapitalistas.

La dictadura del proletariado fue un slogan demagógico que surtió efecto en el simplismo de muchos, y no en primer término entre los proletarios. Casi medio siglo de experiencia da derecho a calificarla como una mistificación más, una mistificación venenosa, porque no hay, no hubo tal dictadura del proletariado, sino de dirigentes no proletarios, intelectuales desplazados, militares ansiosos de hacer carrera, funcionarios que buscaban una situación cómoda. El proletariado no entra en el gobierno que se ejerce en su nombre, como no entra el pueblo en los regímenes constitucionales. Votará en los sindicatos por los candidatos que se le presenten, como vota el pueblo en las urnas por los seleccionados por la dirección de los partidos.

Los herejes políticos fuimos puestos al margen de la ley por el socialismo que se llamó científico unas veces desde el llano, otras veces desde el poder, unas veces con excomuniones, otras con campos de concentración y con fusilamientos sistemáticos. Las exteriorizaciones prácticas han sido diversas, pero el espíritu rector fue siempre el mismo.
Y, sin embargo, no se nos ha convencido. Seguimos creyendo que el socialismo es liberación y dignificación del hombre o no es más que una máscara engañosa.

Sobre el militarismo

La guerra exige soldados adiestrados, domesticados, autómatas que respondan a la voz de mando para cumplir tareas más o menos repudiables, inconscientes, sin saber por qué y para qué.

Un soldado capaz de pensar por su cuenta no es concebible, como ayer no se concebía la mansedumbre de un esclavo consciente de sus derechos humanos.

Los hombres libres no irían a la guerra contra pueblos que no conocen, lejanos o próximos, y si van, es porque todavía están espiritual y moralmente en la etapa de la esclavitud, y si son forzados a ir es porque todavía no disfrutan de derechos humanos.

No podemos alterar ni suavizar la oposición, el rechazo de toda guerra, incluso de aquella en que hemos combatido (se refiere a la guerra civil española). Ninguna guerra lleva a soluciones humanas y a progresos sociales. La guerra es siempre antihumana y antisocial porque no tiene otra medida y otra moral que las de la fuerza y el triunfo de la fuerza no es equivalente al triunfo de la justicia.

Sobre el anarquismo

¿Qué es el anarquismo? No es aquello que pintaron gratuitamente las crónicas policiales, los detractores de derecha e izquierda, ni lo que admitieron incluso muchos que se creían o se llamaban anarquistas. En el uso corriente an-arquía, no gobierno, no autoridad del hombre sobre el hombre, equivalía a caos, a desconcierto, a desorden, porque los amos habían logrado que se identificase la sumisión, la esclavitud, el acatamiento pasivo a su autoridad como orden. Desde Proudhon se llamaron anarquistas los que antes llevaban otras denominaciones o se expresaban con otro vocabulario, pero que, antes y después, fueron los auténticos amigos del orden. Se llamaban anarquistas porque eran amigos del orden con justicia, del orden con libertad, del orden con dignidad.

El anarquismo no es un sistema político ni un sistema económico, es un anhelo humanista que no culmina en una orientación o en una estructura ideales, perfectas, sin rozamientos de intereses ni ambiciones de poder, en las que el ser humano carecerá de problemas, de desajustes, y en las que la vida transcurrirá mansamente, dulcemente. Esos paraísos terrestres los forjan otros y los presentan otros con la ayuda eficiente de pelotones de ejecución de los desafectos.

Se ha objetado que esa falta de programa y de concreción es la debilidad del anarquismo, pero esa es su fuerza permanente, su vitalidad, su piedra angular. No agota su vigor en un triunfo eventual, electoral o insurreccional, y se mantiene en su ruta infinita y en su resistencia contra toda forma de opresión de unos pocos o de muchos sobre el hombre.

El anarquismo es por su esencia noviolento y propicia la noviolencia. Importa poco que, atraídos por la aureola heroica, hayan llegado a los núcleos anarquistas individuos de naturaleza autoritaria y de predisposición al empleo de los medios de fuerza como suprema razón; jamás lograron que el anarquismo dejara de ser una noble concepción de paz, de trabajo, de entendimiento, de solidaridad humana.

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